En la carta anterior, vimos al ego atrapado en un conflicto entre lo que parecen,
a todas luces, polos opuestos. Aquí vemos nuevamente a una sóla figura, no
tan distinta del Enamorado de la carta anterior. Pero existen diferencias.
Parece haber reconciliado las tensiones anteriores, emergiendo victorioso
de las mismas. No sólo éso, sino que se ha coronado como Rey, y si recordamos
que en el momento de la creación del Tarot la realeza tenía caracter de divino,
entenderemos hasta qué punto es importante ésta nueva diferencia. En general,
veremos que el Carro al que alude el título de la carta se representa como
un cubo, o al menos con superficie cuadrada, a veces casi como un palanquín
con cuatro postes sosteniendo un toldo (para protegerlo de otro ataque de
Eros quizás?). Uncidos al carro hay dos caballos -el mazo Jungiano es una
excepción aquí- usualmente de distinto color: rojo y azul, o blanco y negro
parace ser el común denominador.
El aspecto psicológico de la carta nos muestra al Ego luego de la resolución del conflicto planteado anteriormente, en movimiento y comenzando ya de lleno su proceso de individuación. Los polos opuestos simbolizados por los caballos se han reconciliado bajo su voluntad, de ahí que las riendas no sean necesarias, y el auriga se encuentra en el punto de equilibrio de la caja, que puede representar las cuatro funciones de la conciencia. Como se dijo allí, el tener las cuatro funciones en equilibrio es fundamental para el proceso de individuación, pero parte de éste proceso es el desarrollo de las mismas, ya que podemos tenerlas en equilibrio pero no particularmente desarrolladas. Si miramos la carta más de cerca, descubriremos también que a pesar de tener una caja cúbica, el símbolo por excelencia de la estabilidad, las ruedas son sólo dos, con lo que el auriga deberá tener mucho cuidado en mantener el equilibrio para no caer.
Y éste es el potencial problema que existe con el Carro: la sensación de
victoria que nos da puede ser tal que nos olvidemos de que éste es sólo un
estadio más en nuestra evolución. La tentación de quedarnos en este estadio
es grande. Siguiendo con nuestras observaciones, veremos que la figura en
general se encuentra rígida, como separada de la parte instintiva representada
por los caballos, y en algunos casos hasta aparece fundida dentro del cubo
que forma la caja.
El
conciente necesita interacción con los contenidos del inconciente para que
el proceso de individuación pueda llevarse a cabo, y el aislarse de los mismos
va a causar una interrupción del proceso, a tal punto que como Faetón cayendo
al mar al perder el control del carro del Sol, no nos quede otra opción que
una immersión forzada en el inconciente para recuperar el balance. La investidura
de autoridad divina simbolizada por la Corona se pierde, y recibimos un golpe
doloroso en la realidad.
Sin embargo, éstos efectos negativos pueden evitarse, y en su mejor aspecto, el Carro es una carta útil, y sus consecuencias necesarias. Es, al fin de cuentas, la primera carta del mazo que nos muestra a una figura en movimiento, y más aún, es la primera que nos muestra a una figura cercana a nosotros: no hay aquí figuras ominosas o ultraterrenas, tan alejadas de nosotros que no podemos más que observarlas desde lejos, y en cambio tenemos demostraciones de juventud, y por qué no, un recordatorio de las ventajas (y errores) que ésta conlleva.
Dentro de los significados adivinatorios de ésta carta podemos mencionar el triunfo de la voluntad sobre situaciones adversas, movimiento y viajes. Mal aspectado puede indicar acciones impulsivas con malos resultados, pérdida del control de una situación, o ilusión de control cuando éste no existe. También, obviamente, falta de voluntad.
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